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De Quimeras y Ensoñaciones

Tres hermanos

Desde pequeños eran más que hermanos, eran cómplices de juergas y parrandas, de peleas y batallas, de conquista de mujeres y escarceos amorosos. De mayores cada uno tomó un rumbo, sin perder un ápice de su cohesión, de su filial complicidad, de su amistad.

Seis desarrapados soldados, desertores, envilecidos, al mando de un capitán sádico, sanguinario, embrutecido, entraron a cuchillo en el desprotegido pueblo de no más de cuatro casitas blancas, buscaron la más lujosa, asesinaron al patriarca, vejaron y ultrajaron a las mujeres antes de quitarles también la vida, y partieron con dos hombres, hermanos, como rehenes, uno de ellos malamente malherido, huyendo de un posible desquite vengativo por los lugareños y arribaron a las puertas de la Abadía que dominaba desde lo alto, solitaria y perdida, el valle sobre el que se asentaba la Villa.

¡ Preparen armas ! ¡ Apunten !
¡ Disparen ! - ¡ Fuego ! -

Un fusilamiento, seis soldados, un capitán que los manda.
Un grito de un hombre que atado, lo presencia y vierte lágrimas de rabia y un fraile que observa detrás de los cristales de una ventana y se muerde los labios, aprieta los puños y clama venganza, mientras un hombre herido, moribundo, a su lado exhala los últimos estertores de vida.

Un cuerpo que cae inerte, muerto, como un pelele de paja, al suelo, un capitán se acerca a rematarle, desenfunda la bayoneta y la cala en el fusil, enfila al corazón del muerto, y la clava con ímpetu de enajenado, se oyen crujir, rajar, partir los huesos de las costillas, sangrar a borbotones el corazón dentro del pecho y el cuchillo atraviesa el cuerpo de parte a parte, tal es la fuerza del golpe, que la hoja tropezó con una piedra del otro lado y la punta se partió, un intento de un medio giro brusco del arma, para abrir más la herida, pero la carne, músculos y huesos apenas permiten girar la hoja en el cuerpo, unos milímetros apenas, pero el capitán ya está contento. El muerto, muerto está. Otro fraile más, es el noveno.

En la Abadía que domina desde lo alto el pueblo, situada junto a una charca, el capitán se acerca al hombre que permanece atado con una soga al cuello, junto a un árbol.
- Tienes una semana de plazo para traernos lo que te pedimos, - le gritó enardecido el capitán - ó a ese al que llamas hermano acabará fusilado. Si el domingo 1 de marzo, al despuntar el alba, no regresas con tantas monedas de oro como caben en este capacho, ni una sola menos, todo habrá acabado para tu hermano. ¿Lo has entendido bien, verdad? .
- Me será imposible reunirlo en ese periodo de tiempo. El camino es largo y difícil a París, los caminos están bloqueados, el alzamiento está en las calles.
- Una semana, el 1 de marzo al alba – Y de un tajo cortó la soga que sujetaba su cuello, dejándole libre – Ahora vete, ya has visto lo que le ha pasado a tu gente en el pueblo, y ahora a los frailes, si no regresas con el dinero, tu hermano y ese otro fraile que hemos dejado con vida para que nos sirva de lacayo, morirán.
- ¿Puedo despedirme de él? – suplicó – Quiero ver como está.
- Vete, el fraile le está cuidando las heridas, vete. Y recuerda que si por una tontería se te ocurre formar un piquete de hombres armados, tu hermano morirá. Si traes el dinero, tienes mi palabra, nos iremos y no volverás a saber nada más de nosotros.

Hubo de partir hacia el pueblo, andando, el camino era largo, al llegar a su hogar, su rabia fue infinita, mandó que su padre y las mujeres fuesen enterrados lo más dignamente posible, buscó la mayor cantidad de monedas de oro entre los pocos parientes y vecinos de la pequeña villa y tomando el más veloz corcel que pudo encontrar partió hacia París al día siguiente, después de reponer fuerzas, donde pensaba conseguir el dinero de amigos, prestamistas o de no sabía que forma. Robando si fuese preciso.

Francia ardía con la revolución, los caminos eran peligrosos, París bullía de sangre derramada, de nobles que huían, de chusma descontrolada y de cabecillas guerrilleros que buscaban protagonismo a fuerza de guillotina. Ese era el París que se encontró al llegar. Pudo atravesar las barricadas al anochecer del segundo día. Tuvo suerte, una inmensa suerte al lograrlo.

El Abad del monasterio, el fraile superviviente, el tercer día, al rayar el alba, enterró el cuerpo del hombre al que nada pudo hacer por curar sus heridas, era el hermano mediano de los tres. .
Uno de los soldados, probablemente el más estúpido de todos, dijo que al morir su prisionero, ya no les restaba nada por hacer allí y lo mejor sería huir con el pequeño botín que habían robado, ya no tenían a nadie ni a nada con que chantajear al otro tipo que había partido hacia París.
-No seas estúpido – bramó el capitán- él no sabe que está muerto y regresará con el dinero y cuando lo haga….. – unas risitas cínicas bailaron en el viento mientras su dedo índice se paseaba por el gaznate de izquierda a derecha en un símbolo universal de degollamiento - le acompañara al infierno.

El hermano menor, el primogénito, ese mismo día, el tercero, vagaba por las calles parisienses buscando el maná de la salvación para un cadáver.
En un París revuelto, logró reunir las monedas entre aquellos que aun podían contarlo, un par de bienhechores y ancianos nobles, íntimos y emparentados con su difunto padre, poderosos terratenientes a quienes todavía las hordas populares de Francia no habían llegado a contaminar con sus manos sucias de sangre.
Era el anochecer del cuarto día cuando todo el capacho rebosaba de monedas de oro.

En la Abadía, seguros e impacientes, dejaban al Abad corretear por las estancias y el huerto, le dejaban ir a buscar los frutos de la huerta y la pequeña granja y continuamente le pedían que escanciase el vino en sus vasos, no sin que uno de ellos anduviese siempre vigilándole. Era un sumiso, devoto y pacífico fraile.

Al amanecer del quinto día, no encontraron al soldado estúpido, ni a uno de los caballos. Todos pensaron que había huido con parte del botín y le maldijeron a él y a sí mismos por su bajada de la guardia.

En París, la ciudad estaba tomada, las puertas cerradas, nadie podía salir ni entrar sin un salvoconducto,
Le obligaron a retroceder, imposible salir. Las imágenes en las calles eran dantescas. La plebe se mofaba, escupía, se revolcaba entre suciedad y vísceras. Transcurrió el quinto día sin esperanzas.

En la Abadía, al anochecer del quinto día, un soldado borracho, al parecer había tropezado y se había roto la crisma contra las escaleras de piedra, eso fue lo que observaron los demás, al encontrarle muerto a la mañana siguiente al pie de la escalera con las sienes manchadas en sangre coagulada.

El sexto día, al amanecer, en París, un jinete fue detenido por milicianos mientras intentaba atravesar las barricadas por la puerta Norte, fue conducido a una cárcel del pueblo hasta el atardecer en que otra revuelta popular rompió el cerco y en la nefasta confusión, confundido en las sombras, entre la multitud ebria y exaltada pudo huir.

En la Abadía, un tercer soldado apareció muerto, ahogado, junto a la charca, desnudo, después de haber comentado con sus compañeros que iba a darse un baño, el capitán, en un exabrupto, le gritó, al contemplar su cuerpo flotando en el agua, - Majadero. Si no sabes nadar, no te me metas en el agua -
Aquello empezaba a convertirse en una costumbre, y los tres soldados restantes sintieron un frío helado en las espaldas, todas las muertes habían sido en accidentes perfectamente explicables, pero … Lo cierto es que aquellas dudas les duraron poco, cuando el capitán dijo, - Majadero, te damos las gracias, el botín a repartir ahora será mayor.

En París, durante la noche del sexto día, burlando la vigilancia, robó un caballo y tanteando los caminos de salida, con mucho esmero, y ya cuando el sol tímidamente despertaba, y unas monedas caían como soborno en una mugrientas manos milicianas, logró por fin salir de París. Tenía tiempo. Un día y una noche por delante para llegar a la Abadía.

En la Abadía, los tres soldados se divertían con el fraile, le hacían bailar a la vez que golpeaban con la culata de sus fusiles, cuando este, enojado, mostró un puño cerrado en actitud desafiante, uno de los soldados quiso reírse más y dijo que quería ver como luchaba ese hombre con faldas y calando su bayoneta empezó a jugar con él. Nadie supo realmente como, pero el soldado, en un traspiés, enredado entre las piernas del fraile, acabó con su propia bayoneta clavada en el estómago. Los otros dos soldados, al ver aquello, la emprendieron a golpes con el abad, hasta que el capitán les grito que pararan, pues aún les podía ser útil para traerles vino y comida. Nadie se explicaba que había pasado, había sido un desgraciado accidente, pero culpa de aquel sumiso, subyugado y esclavo fraile, un servil y dócil monje que no se atrevería a matar una hormiga, que levantaría sus sandalias del suelo para dejarla pasar.

En los caminos de París, un jinete desesperado volaba galopando, clavando las espuelas en un caballo penco y desgarbado sobre una camino largo y lleno de ladrones, miserables, guerrilleros, milicianos, burgueses y parias campesinos hambrientos que veían en aquel alzamiento de París su liberación.
Una pedrada en el hombro le derribó del caballo. Cuando recobró el conocimiento estaba tumbado en un mísero catre de un caserón. Le dolía horrores el hombro. La puerta estaba cerrada por fuera. La golpeó con fuerza pidiendo que le dejaran salir. Nada. Desfallecido, volvió a caer al suelo desmayado.

En la Abadía, el abad, dolorido, en la cocina, preparaba un guiso y vertía unos polvos azulados en dos copas de vino. La noche del séptimo día se iniciaba en su plenitud. El capitán había bajado al pueblo, oculto en las sombras de la noche buscando noticias del hermano y del dinero. Al regresar, sin la mas mínima información, sólo encontró al fraile, durmiendo plácidamente. Sus dos soldados habían desaparecido y a pesar de buscarlos por todas las habitaciones y alrededores de la Abadía, no pudo hallarlos.

En el caserón, al alba, la puerta se abrió, alguien le lanzó un cubo de agua sobre la cabeza que le despertó.
Ya le daba igual. El sol estaba naciendo. El plazo había concluido. Era domingo, uno de marzo. Los siete días del plazo del ultimátum habían tocada a su fin. A su hermano quizá le estuviesen fusilando en ese mismo instante. Que importaba ya. Había fracasado. Había perdido no solo a su padre y esposa, sino también a uno de sus tres hermanos, y había perdido el dinero, oculto en las alforjas de su caballo, para siempre - lo cual era lo que menos le importaba- .

En la Abadía, el capitán despertó al fraile a patadas y le gritó preguntándole por sus hombres.
- ¿Has sido tú? ¿Tú les has matado? – Le espetó mientras le golpeaba- Tú, maldito fraile.
- No se nada. Tus soldados andarán por ahí, borrachos. La última vez que les vi, andaban muy apurados buscando un rincón donde hacer de vientre. Demasiado vino. Creo que el vino no les sentó bien. Y andaban cada rato yendo a evacuar. El vino.
- No mientas o te mato. ¿Cómo lo has hecho? Dime. Un fraile como tú, timorato, idiota y mojigato ¿Cómo los has matado a todos? ¿Acaso tienes un cómplice? ¿Alguien desde fuera te ha ayudado?
- Yo no he hecho nada. Piensa. ¿Me hubieses encontrado durmiendo tranquilamente al volver si yo hubiese matado a tus hombre? ¿Acaso no hubiera escapado? ¿No me hubiera ido con tu pequeño botín? ¿Para que iba a quedarme a esperarte? ¿Para que tú me mates? .Y te Juro que en estos días no he visto ha nadie por los alrededores, a nadie y tus hombres tampoco. Piénsalo. Vi a tus soldados correr hacia el bosquecillo y desde entonces no he vuelto a verles.

Aquellas razones convencieron al capitán, el cual, después de descansar de su caminata al pueblo, tomar algo de comer y beber, partió hacia el bosquecillo a buscar a sus hombres y los encontró, muertos. A sus pies varias monedas, todo parecía indicar que habían peleado por el dinero intentando huir con él y en una pelea habían acabado el uno con la muerte del otro.

En el caserón, alguien se acercó al catre, al verle sentado, le reconoció, le llamó por su nombre de pila, le dio un abrazo y ordenó que le trajesen de comer y beber y que le cuidasen la herida. El jefecillo de aquellos desarrapados era un buen amigo suyo, alguien a quien conocía y con quien había compartido muchos tragos de vino. Ya daba igual. Le contó la historia por la cual viajaba por aquel camino, pero levemente modificada, en vez de dinero, lo que dijo que los desertores buscaban eran salvoconductos para salir de Francia, pero era tarde. Hoy era domingo, 1 de marzo. Su hermano habría muerto fusilado esa misma mañana.

Cuando el capitán regresó a la Abadía, ya oscurecido, lo hizo con ganas de vengar la muerte de sus hombres, de buscar una cabeza de turco, alguien que pagara por la muerte de sus soldados, no importaba que hubiesen sido accidentes ó mutuos e internos asesinatos entre ellos. Buscó al fraile y lo encontró en su aposento, mirando por la ventana. Ya no le servía de nada. Y no iba a dejar testigos. Era un fraile extraño, noño, asustadizo y apocado . ¿Porqué no habría huido? Había tenido todo el tiempo y toda la libertad del mundo para hacerlo.
Al oír sus pasos, el Abad se volvió y le dijo.
- Desde aquí presencié el fusilamiento de mis nueve hermanos de congregación – dijo – Recé para que yo fuese uno ellos, para no mas dar mi vida por la de uno y también en ese camastro atendí la heridas de un hombre que murió entre mis manos.
- No has de preocuparte, pues aquí será donde hoy vayas a morir tú también – dijo el capitán, apuntándole con su fusil - ya no me sirves de nada
- Ese arma está descargada – arguyó el fraile – le quité las balas mientras descansabas
- Ja,ja,ja,ja,ja – Rió el capitán y apuntando disparó, pero no sucedió nada -
- Ya os dije que el arma estaba descarga y ante de acabar contigo – comentó en un susurro el fraile, con franca entereza y recalcando sílaba por sílaba, disfrutando mientras las decía – quiero que sepas, que yo maté a tus hombres, uno a uno. A los seis.

El capitán caló su bayoneta despuntada y se lanzó contra el abad, que lo esquivó asiendo el fusil con la mano derecha y el brazo del capitán con la izquierda, a la vez que le hacía girar y le golpeaba contra la pared, fue entonces cuando le arrebató el fusil, y sin más dilación se hundió el largo cuchillo desdendanto en la mitad del pecho, quitándole la vida.

En el caserón situado a medio camino entre la Abadía y París, dos personas hablaban:
- Hoy no es domingo, hoy es sábado, todavía estás a tiempo de llegar a tu cita, de salvar a tu hermano, a mi amigo. Debes darte prisa. Tienes todo el día y la noche por delante.
- ¿Sábado? ¿Cómo es eso posible? .
- ¡Sábado! Claro, hoy es 29 de Febrero. Es bisiesto. Es un año bisiesto.
La esperanza renació en su corazón.
Iluso.
Soñador.
Le devolvieron su caballo y partió de nuevo al galope, cerciorándose que el dinero seguía a salvo, escondido en las alforjas. El resto del viaje lo realizó sin incidencias apenas.
Cuando llegó a la Abadía, a media tarde, tan solo encontró al Abad.
El fraile le abrazó, lloró y contó todo lo acaecido.
El hermano pequeño comprendió que en un mismo día había en el cual había partido de París con toda su esperanza intacta, había perdido la ilusión en el camino, la había vuelto a recuperar y al final sus anhelos se desmoronaron por el precipicio.
El Abad le dijo que no volvería a vestir dichos hábitos, que ya no era digno de ellos.
No había huido, porque quería vengar a los frailes muertos, a sus amigos, y sobre todo y especialmente, quería vengar a su padre y a su hermano de sangre que había muerto entre sus brazos y por quien no pudo hacer nada para salvarle la vida, pues sus atroces heridas se lo habían impedido.
Ahora sólo quedaban ellos dos, sólo dos hermanos.

Nunca creí que mi hermano mayor llegase a ser ordenado Abad.

1 comentario

white -

impresionante historia, me ha enganchado de principio a fin, y eso que ahora mi tiempo es muy escaso. Saluditos jugador.